El 8 de octubre de 2023 Maisara Baroud y su familia perdieron su casa en un bombardeo israelí. Al día siguiente, las explosiones alcanzaron también su taller. En dos días, Baroud se quedó sin vivienda, pero además las bombas borraron treinta años de trabajo. “Mi casa y mi estudio eran espacios de trabajo, de investigación y de archivo: allí dibujaba, pintaba, preparaba mis exposiciones, guardaba mis libros y materiales, y conservaba un archivo artístico que había construido durante más de treinta años”, cuenta. “La destrucción de mi casa y mi estudio no fue solamente la pérdida de un espacio físico. Perdí también miles de dibujos, libros y materiales acumulados durante décadas, y con ellos una parte importante de la memoria material de mi vida y de mi trabajo”.

Pasaron ya tres años y la violencia de Israel contra la población palestina, tanto en Gaza como en Cisjordania, no se detiene. El hostigamiento del ejército y de los colonos es constante. Desde que comenzó esta nueva ofensiva sobre la Franja en 2023, según datos del Ministerio de Salud de Gaza, murieron más de 73.900 palestinos —el 6% de la población— y más de 174.900 resultaron heridos. UNICEF constató, además, que más de 64.000 niños y niñas murieron o fueron heridos, y que más de 56.000 perdieron a uno o a ambos progenitores.

Diecinueve desplazamientos forzados
“El desplazamiento pasó a ser parte de nuestra vida desde los primeros días de la guerra”, cuenta Baroud, que tuvo que trasladarse 19 veces en 18 meses, desde que comenzó la guerra. “Tuvimos que movernos con mi familia de una zona a otra y, cada vez, dejábamos los lugares con más urgencia, llevándonos solo lo que podíamos cargar. Nunca teníamos la sensación de llegar a un lugar verdaderamente seguro; pasábamos de un peligro a otro, de un espacio provisional a otro, sin saber cuánto tiempo nos quedaríamos ni a dónde iríamos después. En cada desplazamiento había que reconstruir lo mínimo de una vida: un lugar donde dormir, un poco de agua, comida, y un pequeño espacio donde intentar preservar nuestra intimidad y nuestra dignidad. A fuerza de desplazamientos, la propia noción de ‘casa’ cambió. La casa ya no era para nosotros un lugar fijo, sino algo que intentábamos llevar con nosotros, en la memoria y a través de los pocos objetos que nos quedaban”.
Sin embargo, en las noches, cuando las luces se apagan y el ruido ensordecedor de aviones, disparos y bombas se detiene por unas horas, Maisara Baroud se sienta en su mesa, toma las hojas que consiguió durante el día —hoy el papel y la tinta cuestan diez veces más que antes de la guerra— y algunos lápices gastados, y dibuja. Es la calma de la ciudad, pero también el insomnio, lo que lo mantiene horas enteras dibujando. “Dibujar de noche no siempre fue una elección estética ni deliberada”, explica. “En Gaza, la noche era a veces el único momento en el que podía encontrar un poco de calma y de concentración, cuando todo se aquietaba levemente o cuando los demás dormían. Necesitaba esas horas para estar solo con la hoja, un poco apartado del ruido del día y del miedo permanente”.
Desde que comenzó la guerra Baroud asegura que ya no tiene una jornada de producción y su trabajo pasó a depender del tiempo disponible y de las circunstancias de cada momento. Pero hay algo que la guerra no logró transformar: “Cuando pongo una hoja al frente mío, recupero, por un instante, una relación directa con el mundo. La hoja se vuelve un espacio donde puedo respirar, y la línea, una manera de decir algo cuando las palabras ya no alcanzan. Quizás por eso seguí dibujando durante todos estos años: no porque siempre tuviera la energía para hacerlo, sino porque sentía que dejar de dibujar significaba perder otro espacio de mi existencia”.

El palestino como sujeto
— Llegamos a tu obra a través de Mohammed El-Kurd que en su libro Víctimas perfectas (2026) sostiene que tu arte, “creado en el contexto de los campamentos de refugiados improvisados de Rafah, Deir el-Balah y otros lugares, bajo una lluvia de misiles”, lo inspira de muchas maneras. Una de tus pinturas ilustra nuestra edición, siguiendo el criterio de la edición original en inglés “Perfect Victims: And the Politics of Appeal” (2025) de Haymarket Books. El-Kurd también escribe: “Podemos y debemos crear prácticas ancladas en la dignidad: no intentar convencer al carnicero de que arroje el cuchillo, como venimos haciendo en las pasadas décadas; tratar de que la audiencia y los lectores críticos sean esenciales y el palestino no solo sea un objeto estratégico en una película o un artículo, sino un protagonista cuya historia real —no importa cómo la reciban las audiencias extranjeras— se relate con fidelidad y precisión”. ¿Qué pensás sobre estas afirmaciones?
— Maisara Baroud: Estoy totalmente de acuerdo con esta idea de Mohammed El-Kurd, especialmente con la necesidad de pasar de una representación del palestino como objeto del que se cuenta la historia, al reconocimiento del palestino como sujeto, portador de su propia experiencia y de su propia voz. Para mí, ser un ‘sujeto’ no significa solo que mi rostro o mis obras aparezcan. Significa tener un verdadero papel en la manera en que mi trabajo es utilizado y mi experiencia presentada. Significa saber dónde se usará la obra y por qué, poder dar mi consentimiento, ser acreditado con claridad y ver respetados mis derechos como artista. Quizás sean cosas simples, pero son esenciales.
En el fondo, creo que se trata de construir una relación basada en la igualdad. No se trata de que la editorial o la institución hable del palestino de una mejor manera, sino de contribuir a crear un espacio en el que el palestino pueda hablar por sí mismo, ser escuchado tal como es y no como se quisiera que fuera.
– ¿Cuál es el contexto en el que producís tu obra hoy?
– Desde el comienzo de la guerra, dibujar se convirtió para mí en una forma de sobrevivir, de dar testimonio de lo que sucede y de preservar un trazo de la vida frente a los intentos de borrarla. En Gaza dibujaba en medio del desplazamiento, del miedo y de la incertidumbre, en los lugares provisionales donde nos veíamos forzados a vivir. Los dibujos surgían en condiciones extremadamente difíciles, a veces bajo los bombardeos, a veces en los pocos instantes que separaban una oleada de miedo de la siguiente. No dibujaba desde la posición de un observador: yo mismo formaba parte de esa realidad y vivía el desplazamiento y la pérdida como todos los demás. Después de la destrucción de mi casa y de mi taller, y de la pérdida de mis archivos artísticos, reunidos durante más de treinta años, dibujar se volvió también una manera de intentar recuperar lo que se pudiera de la memoria. Hoy, desde Francia, el lugar y las condiciones materiales cambiaron, pero Gaza sigue profundamente presente en mi trabajo.
Ochenta años de desposesión
La vida en Palestina ha empeorado año tras año desde la Nakba en 1948, momento en el que 700.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares o tuvieron que huir de ellos.
Algunos números reflejan con claridad el histórico proceso de desposesión: en 1900 vivían en Palestina unos 500.000 habitantes, de los cuales apenas 50.000 eran judíos. Para 1947, cuando la ONU anunció su Plan de Partición —dividir el territorio en un Estado judío y uno árabe—, había 1.200.000 árabes y 600.000 judíos, y los palestinos poseían el 94% de la tierra frente al 6% de los judíos. Aun así, el plan asignó al futuro Estado de Israel el 60% de las tierras más fértiles.
El bloqueo y los ataques constantes, sumado al avance de los colonos, desmejoró las condiciones de vida pero desde 2023 todo se aceleró. Actualmente, Israel tiene algo más de 10 millones de habitantes en un territorio de 22.145 km², mientras que en los 365 km² de Gaza viven dos millones de personas: una densidad promedio de 5.700 habitantes por kilómetro cuadrado, una de las más altas del planeta.
Para albergar a su población creciente, Israel construyó colonias en territorio palestino ocupado: hoy viven en Cisjordania y Jerusalén Este más de 700.000 colonos israelíes. Las fuerzas militares mantienen el control del 70% del territorio de la Franja, y los ataques continúan de manera casi diaria a pesar de los llamados internacionales y las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Para el primer ministro Benjamin Netanyahu, el Estado palestino no existe y no existirá mientras él gobierne.

– Sabemos que los ataques a Gaza no comenzaron el 7 de octubre de 2023: el bloqueo israelí sobre la Franja lleva ya casi dos décadas. Nos interesa preguntarte cómo era tu vida cotidiana antes de este recrudecimiento: cómo convivías con el bloqueo, con las decisiones del gobierno de Hamas, con las restricciones a la circulación y a los materiales.
– La vida en Gaza antes del 7 de octubre tampoco era una vida normal. El bloqueo, las restricciones de movimiento, las guerras y las sucesivas agresiones ya formaban parte de nuestra experiencia desde hacía muchos años. Sin embargo, dentro de esas condiciones, las personas seguíamos construyendo una vida: trabajábamos, estudiábamos, enseñábamos, hacíamos arte, visitábamos a nuestras familias, celebrábamos, discutíamos, nos enamorábamos y hacíamos planes para el futuro. Había una vida cotidiana, aunque siempre condicionada por la posibilidad de que todo pudiera interrumpirse de un momento a otro.
Durante muchos años trabajé como artista visual y docente en Gaza. Enseñaba y mantenía una vida profesional que, aunque estaba atravesada por las condiciones de Gaza, seguía teniendo sus propios ritmos, relaciones y proyectos.
Para un artista, además, el bloqueo tenía consecuencias muy concretas. Conseguir determinados materiales era difícil o podía llevar mucho tiempo. Los materiales artísticos, los libros, los equipos y muchas otras cosas no llegaban con facilidad. Viajar para participar en una exposición, una residencia o una actividad académica también podía convertirse en un proceso incierto y, muchas veces, imposible. Incluso salir de Gaza para estudiar o trabajar dependía de permisos y de decisiones que estaban fuera de nuestro control.
En cuanto a las restricciones políticas dentro de Gaza, la situación también era compleja. Vivíamos bajo el gobierno de Hamas y existían restricciones y formas de control que afectaban distintos aspectos de la vida pública y social. Pero tampoco quisiera presentar la vida de Gaza únicamente a través de sus restricciones políticas o del bloqueo. La sociedad palestina es mucho más amplia y compleja que las estructuras de poder que la gobiernan.
Sigo vivo
La comunicación con amigos y familiares es difícil en Gaza, con frecuentes cortes de teléfono, internet y electricidad: por eso Baroud empezó a contar lo que vivía a través de sus dibujos y publicarlo en sus redes sociales.
Maisara Baroud: Al principio, no publicaba mis dibujos con la intención de hacer una campaña ni un proyecto político. Los publicaba porque mi familia y mis amigos me preguntaban constantemente: “¿Seguís vivo?”. Publicar un dibujo era una manera simple de responderles: sí, acá estoy, sigo vivo y sigo dibujando.
Así nació la serie I Am Still Alive / لازلت حيًّا. Con la duración de la guerra y la repetición de los dibujos, el proyecto empezó a adquirir un sentido más amplio. Ya no se trataba solo de mí: cada dibujo llevaba una parte de la experiencia que vivía, pero también de la de las personas que me rodeaban. Los dibujos empezaron a circular fuera de Gaza; algunos fueron difundidos por periodistas, artistas, instituciones y personas que yo no conocía.
Creo que la fuerza del trabajo proviene precisamente de su simplicidad. No intentaba explicar la guerra mediante textos largos ni imágenes directas de la destrucción. Les presentaba a las personas una huella, pequeña pero intensa, de la vida cotidiana: un cuerpo, una casa, un niño, una carpa, un espacio vacío, o simplemente una línea. A veces un dibujo puede llegar a un lugar distinto del de una información o una fotografía de prensa, porque no muestra todo y deja también un espacio para que quien mira sienta y reflexione.

¿Contribuyó mi trabajo a mostrar lo que pasa en Gaza? Pienso que permitió transmitir una parte de esa experiencia, sobre todo porque esos dibujos se hacían allí, durante los acontecimientos, y no después. Pero para mí no reemplazan al periodismo ni al trabajo documental; constituyen un testimonio personal y artístico de una experiencia que viví yo mismo.
Con el tiempo, empecé a sentir que I Am Still Alive no significaba sólo que yo seguía con vida. Significaba también que algo más buscaba permanecer vivo: la memoria, la capacidad de crear, y el ser humano que intenta preservar su voz en circunstancias que buscan borrarlo todo. Por eso creo que el impacto más importante del proyecto no se mide por la cantidad de personas que vieron los dibujos, sino por el hecho de que pudieron crear un vínculo entre una experiencia profundamente personal y personas que viven en otros lugares. Que una pequeña hoja salida de Gaza pueda llegar hasta alguien que está muy lejos y llevarlo a detenerse un instante ante la vida de otro ser humano fue, para mí, una forma de continuidad.

El exilio
Maisara Baroud tiene 50 años y hace un tiempo decidió dejar Gaza y exiliarse a Francia con su familia. Maisara considera que este constituye su vigésimo desplazamiento. “Los desplazamientos repetidos no significan solo perder un lugar e irse a otro”, dice. “También interrumpen nuestra relación con los objetos, los lugares, los hábitos y los recuerdos que daban cierta estabilidad a nuestra existencia. Con el tiempo, se vuelve difícil sentir que todavía existe un lugar al que podamos llamar ‘hogar’. Incluso cuando uno está lejos del peligro, una parte de uno sigue en espera. Es una de las cosas más difíciles para mí hoy. Vivo en Francia con mi familia, pero una parte de mi familia sigue en Gaza, y por eso la distancia no significa para mí una verdadera separación. Vivo acá, pero siempre me despierto con las noticias de Gaza, pienso en las personas que dejé allá y en los lugares donde viví y que ya no existen como los conocí”.
Maisara Baroud: Antes de 2023, a pesar de todas esas limitaciones, todavía podía imaginar mi futuro en Gaza. Podía pensar en una nueva exposición, en una nueva serie de dibujos, en mis estudiantes, en libros que quería leer o en proyectos que quería realizar. Por eso, cuando pienso en el “antes” y el “después” del 7 de octubre, no los veo como dos mundos completamente separados. El antes ya estaba marcado por el bloqueo, la ocupación, las restricciones y la incertidumbre. Pero todavía existía la posibilidad de construir una vida dentro de esas condiciones. Lo que ocurrió después produjo una ruptura mucho más profunda: no solo destruyó lugares, sino también archivos, proyectos, vínculos con el espacio y la sensación de continuidad de una vida.
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La mayoría de los habitantes de Gaza —1,7 millones de personas, de las cuales la mitad son menores de edad— siguen viviendo en tiendas de campaña o en refugios improvisados de plástico y madera, confinados en apenas un tercio del territorio. El 92% de los edificios sufren daños severos, destrucción parcial o son directamente una montaña de escombros; apenas quedan viviendas en pie. Según un informe de la ONU, “la magnitud de la destrucción de viviendas e infraestructura civil en Gaza no tiene precedentes, ni siquiera para los terribles estándares de la guerra moderna desde el siglo XX”.
La reconstrucción de la ciudad es indefinida. El “Plan de reconstrucción” impulsado por Estados Unidos y coordinado por Jared Kushner —que incluía megaproyectos turísticos a partir de la deportación de los dos millones de palestinos que aún viven en Gaza— se esfumó con los meses, sin ninguna alternativa real sobre la mesa.
Guerra de aniquilación
Un informe de B’Tselem —“El proyecto de eliminación”— describe el mecanismo israelí como una política de eliminación sistemática, y en junio de ese año una comisión de la ONU calificó los ataques israelíes contra sitios educativos, religiosos y culturales en el territorio palestino ocupado como crímenes de guerra y de lesa humanidad.
Maisara Baroud: Pienso que los efectos de la guerra van mucho más allá de lo que las bombas dejan en los edificios. Existe otra forma de destrucción, menos visible, pero que queda profundamente inscripta en las personas: el miedo permanente, la pérdida del sentimiento de seguridad, la preocupación por quienes uno ama y la imposibilidad de proyectarse en el futuro. Cuando se vive durante mucho tiempo sin saber dónde se estará al día siguiente, ni si las personas a las que uno quiere seguirán con vida, cambia nuestra relación con el tiempo y con la vida misma. Espero para mi familia una vida estable y segura, y que mis hijos puedan construir un futuro en el que el miedo no forme parte de lo cotidiano. Espero también poder continuar mi trabajo y reconstruir una parte de mis archivos y de mi vida artística, aunque deba hacerse desde otro lugar.
“Una salida del conflicto debe ante todo, permitir poner fin al sufrimiento de los civiles, a los desplazamientos forzados y a la violencia”, sostiene Baroud y sigue: “Garantizar a los palestinos, como a todos, el derecho a la vida, a la libertad, a la dignidad y a decidir sobre su propio futuro. Una verdadera reconstrucción no puede limitarse a los edificios: también hay que reconstruir la confianza, la memoria, los vínculos entre las personas y la posibilidad misma de imaginar un futuro”.
Maisara Baroud: Para mí, como artista, una parte de ese futuro comienza también con la capacidad de volver a imaginar la vida misma: poder dibujar una casa que no esté amenazada por los bombardeos, un niño que no viva con miedo, una ciudad a la que la gente pueda volver, una vida en la que sobrevivir ya no sea el único logro posible. Puede parecer simple, pero para mí está en el corazón de toda reflexión verdadera sobre el futuro.
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Sitio web de Maisara Baroud: https://maisarabaroud.com/
Biografía:
Artista visual y profesor, nació en Gaza en 1976. Se formó como diseñador de interiores en Nablus, realizó una maestría en Bellas Artes en El Cairo y dio clases en la Universidad Al-Aqsa de Gaza. En octubre de 2023 perdió su casa, su estudio y toda su obra, y desde entonces tuvo que huir una y otra vez. Actualmente, vive en Francia exiliado con su familia y es una de las voces visuales más reconocidas de lo que se vive en Gaza. Su obra ha sido exhibida en más de veinte países y forma parte de las colecciones de instituciones como el Museo Palestino de Birzeit y la Fundación de Arte Barjeel, entre otras.